El torneo de New York de 1927 como prólogo a la lucha en Buenos Aires por el campeonato mundial

Por Alexander Alekhine

Traducido y presentado por Alejandro Miranda

Traducido del libro en ruso de Alexandr Aliojin «Torneos internacionales de ajedrez de New York 1924 y 1927, segunda edición, 1989, Moscú, Fizkultura y Sport.

Introducción necesaria (E. Ferreiro): En su obra “Capablanca, leyenda y realidad”, Ediciones Unión, La Habana, 1978, Tomo II, Páginas 230-231, Miguel Ángel Sánchez expone: Alekhine hizo un estudio sobre el estilo de Capablanca, único hasta entonces, y que se convirtió en una segura guía de acción para todos aquellos que en el transcurso de los años se vieron en una situación semejante. Un material de rigor y profundidad que ciertamente recoge la esencia del poder de Capablanca y las debilidades de su juego, aunque como todo trabajo que dimana de un ser humano tiene sus imperfecciones que el lector rápidamente detectará. El estudio fue incluido como prólogo al libro del torneo de Nueva York, 1927. Se menciona también un gran número de cosas inciertas y se presupone otras con la mayor mala fe. Seguramente Alekhine renegó de ellas con los años, de otra forma no se pudiera explicar el tratamiento tan cálido que siempre dio a Capablanca después que éste falleció…

Como se sabe, 1925 le trajo a Capablanca el más grande de los desencantos que tuvo que soportar durante toda su carrera en los torneos internacionales: en el torneo moscovita él ocupó solo el tercer lugar – y eso a costa de grandes esfuerzos, y perdió dos partidas con jugadores de clase comparativamente baja, y aun en varias partidas (por ejemplo, contra Reti y Levenfish) evitó la derrota sobre todo gracias a la bondad o despreocupación de sus contrarios. Ya entonces en parte de la prensa especializada empezaron a resonar voces que indicaban ciertos síntomas de alarma característicos del juego del gran maestro cubano en ese torneo. Estos síntomas daban motivo no sin bases conocidas de suponer que el arte de Capablanca representa no en lo que prometía convertirse desde el período anterior a la guerra de su actividad; que la causa consiste en sus tendencias reveladas con los años más claramente a las simplificaciones, en lo posible formas de lucha puramente técnicas que poco a poco matan en él el “espíritu vivo”, que tan brillantemente se manifestó en sus partidas de los torneos de San Sebastián (1911) y Petersburgo (1914); que, en fin, sus intentos de renacer (resultado del reconocimiento del hecho de que la “técnica pura” ya no es suficiente en la lucha con los logros de la modernidad)  trajeron consecuencias fatales en las partidas arriba mencionadas perdidas por él (el insólito – para él – juego complicado con ataques en ambos flancos en la partida con Ilyin-Zhenevsky, la apertura sin preparación previa jugada extravagantemente contra Verlinsky).

Sin exageración se puede afirmar que la impresión negativa que daba la evaluación cualitativa de su intervención moscovita, era para Capablanca un golpe mucho más sensible que su fracaso deportivo: ¡incluso el propio Lasker, este combatiente insuperable de torneos, en Hastings en 1895 fue tercero, y en Cambridge Springs en 1904 dividió el segundo y tercer lugares con Yanovsky, quedando dos puntos completos por debajo del ganador del torneo Marshall! Pero en todo su prolongado período de primacía Lasker nunca fue derrotado así, como Capablanca por Verlinsky. Y exactamente esta impresión, de que – aunque sea en casos excepcionalmente raros – él puede jugar simplemente débil, Capablanca debe obligatoriamente tratar de disipar – y lo más rápido posible.

Y debe decirse, que esta tarea – la preparación y organización de un torneo significativo con el interés de rehabilitar completamente al entonces campeón mundial – se resolvió del modo más brillante. Por quién – por la gente o… el destino, con ayuda de Capablanca o sin ella, esto, en mi opinión no tiene importancia. Me basaré solo en los hechos, porque considero que los mismos hablan suficientemente claro por sí mismos.

En el otoño de 1926 el entonces campeón mundial recibió dos retos para jugar matches por el campeonato mundial – uno de Nimzowitch, otro mío. Sin embargo pronto se supo que el reto de Nimzowitch tiene, por así decir, un carácter “platónico”, porque para el cumplimiento de las condiciones de Londres a él no le alcanzaba un detalle, exactamente – el aseguramiento material necesario. Al parecer, el objetivo principal de su desafío era anunciar claramente al mundo ajedrecístico que él, el gran maestro Nimzowitch, desea este match y como consecuencia de esto se considera candidato al campeonato mundial. Sin ninguna duda, todos sus éxitos en los torneos de los últimos años le daban este derecho, pero, como ya se ha dicho su reto no presentaba ningún valor práctico.

De otro modo es el caso con el telegrama que yo envié a Capablanca en septiembre desde Buenos Aires. Con la experiencia de mis intentos sin resultados en los años 1921 y 1923, yo decidí firmemente enviar un nuevo reto solo en el caso de si de parte de las organizaciones interesadas yo tuviera la garantía absoluta de que la parte financiera del match se asegurará completamente. En este caso yo consideraba, que para el campeón mundial difícilmente sería posible – por cuanto a él se le darían garantías de que sus exigencias materiales se aceptan y aseguran por completo – posponer la aceptación del reto; en general, tal parecía la opinión del mundo ajedrecístico.

En la realidad, sin embargo, ocurrió algo diferente; aunque el reto no se rechazó, tampoco se aceptó – y en vez de una respuesta directa yo recibí (excepto una carta privada de Capablanca, en la que, excepto lugares comunes, había una idea clara, – que yo debo viajar a New York) el programa  oficial del torneo de seis jugadores en New York, que enseguida en muchos aspectos le pareció extraña a la opinión pública de los ajedrecistas de todo el mundo: no se invitaba a Lasker, lo insólito de la cantidad de tiempo para el juego, así como el control de tiempo (uno y otro coincidían con las condiciones para el match por el campeonato mundial presentadas por Capablanca), finalmente el punto según el cual el ganador del primer lugar del torneo (o el segundo, si Capablanca era el primero) oficialmente se considerará candidato al campeonato mundial. El cálculo de la “fortuna”, que en todo lo relacionado con el torneo del año 1927, fue excesivamente benévola con el campeón mundial, era claro – pero, por supuesto, la introducción del último punto originó justas protestas por parte de los maestros interesados y, sobre todo, por parte del autor de estas líneas. ¿Pero qué podía haberse obtenido de tal protesta, qué se obtuvo realmente? Formalmente el comité se abstuvo de este punto – pero como resultado del tratamiento correspondiente de la prensa general se creó una atmosfera moral, en la que se sentía completamente otra cosa: el torneo se veía como un examen para el candidato (candidatos) al campeonato mundial, que debería ocupar como mínimo el segundo lugar. De tal modo, en este torneo en el aspecto deportivo se creó una situación totalmente paradójica: el único que no arriesgaba nada era el poseedor del título de campeón mundial, por cuanto en caso de relativo fracaso se le garantizaba un match con el feliz contrario. Si Nimzowitch o yo no ocupábamos uno de los dos primeros lugares, para nosotros esto sería prácticamente equivalente a la renuncia al match con Capablanca, – si no para siempre, para un tiempo muy prolongado.

Precisamente la cuestión sobre este hándicap psicológico me obligó a pensar muy seriamente antes de aceptar la invitación del comité. Al final me decidí a esto – sobre todo debido a las dos causas siguientes:

  1. a pesar de las solicitudes repetidas de parte mía y de parte del club de ajedrez de Argentina, Capablanca retrasaba la respuesta clara y final a mi reto, y en sus cartas y telegramas a mi dirección inequívocamente daba a entender que mi llegada a New York es necesaria si quiero llegar a un acuerdo con él;
  2. mi rechazo a participar en el torneo puede interpretarse incorrectamente por el mundo ajedrecístico – exactamente como una manifestación de “miedo” ante Capablanca, lo que como resultado le podía dar a este la fácil posibilidad (si lo hubiera deseado) de sustituirme por el primer o segundo vencedor del torneo y de esa forma estropear todo el proyecto bonaerense.

Así, bajo la presión de la necesidad me decidí a arriesgarme en New York con mis, puede ser, únicos chances de luchar por el campeonato mundial, a pesar de que yo no tenía ilusiones en relación con mi forma deportiva en ese momento. Efectivamente, 10 partidas de entrenamiento que jugué con Euwe en Holanda unas seis semanas antes del torneo, me convencieron claramente (debido a una serie de causas, entre las cuales no en último lugar estaba el agotamiento físico como resultado de la tensa gira por América del Sur) de que me encuentro en uno de mis períodos – felizmente no frecuente y de corta duración, – cuando el pensamiento ajedrecístico exige una tensión nerviosa doble y mucho más gasto de tiempo que lo habitual, como resultado de lo cual se fatiga uno más rápidamente, y cuando solo en raros casos es posible una armonía interna de creación. Debido a estas circunstancias la obtención del segundo lugar en New York exigió una tensión de la voluntad completamente excepcional – mucho más que en el match posterior de Buenos Aires, que a grandes rasgos transcurrió tal como yo esperaba. En el aspecto cualitativo mi juego en New York sería en mi opinión un retroceso en mi creación – sobre todo en comparación con el año 1925 (Paris, Baden-Baden), – si yo no estuviera consciente de las causas de la disminución de la calidad de mi juego. Hay que observar que yo jugué de modo inexacto, y a veces simplemente mal solo hasta el momento (sexta ronda, partida con Nimzowitch), cuando todavía podía tener la esperanza del primer lugar. Sin embargo, comenzando en la ronda 7, cuando comencé a jugar solo para el segundo lugar, a pesar de mi forma claramente insatisfactoria, acumulé la misma cantidad de puntos que Capablanca (9 de 14).

La causa de la disminución de mi fuerza de juego, como ya dije, era sobre todo el estado de mis nervios en ese momento. Sin embargo, por cuanto yo sabía bien como mejorarla, me mantenía completamente tranquilo en relación con la lucha – eso también era lucha, y de ella salí, si no vencedor total, en todo caso, con honor.

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La composición del torneo y sus resultados técnicos se muestran en las tablas y partidas comentadas. Pero estas tablas no dicen nada sobre los ausentes. Por eso no estaría de más recordar a los lectores estos nombres. Ellos eran: 1) Lasker, que estuvo por encima de Capablanca en todos los torneos donde se encontraron, y que en San Petersburgo en 1914 la ganó una partida histórica; 2) Bogoliubov, que en Moscú en 1925 fue primero por encima de Capablanca (¡y en cuánto!); 3) Rubinstein, que antes del match en Buenos Aires era el único maestro que había logrado en los encuentros con Capablanca el mejor resultado (+1=2); 4) Reti, que en New York en 1924 la ganó a Capablanca la única partida perdida por este en ese torneo y que en otros encuentros le opuso una resistencia tenaz (ver, por ejemplo la partida del torneo de Moscú del año 1925); 5) Tarrasch, que en los encuentros anteriores con Capablanca obtuvo un resultado igual (+1−1=2).

Si con los resultados de los ausentes se compara el hecho de que ninguno de los competidores europeos de Capablanca invitados a New York nunca le ganó a él ni una partida, entonces hay que aceptar que “el destino” fue excepcionalmente benévolo con el entonces campeón mundial, porque le garantizó el máximo de premisas psicológicas para un resultado exitoso.

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Respecto al aspecto organizativo y administrativo del torneo a lo largo del mismo, considero agradable el deber de reconocer que estuvo realmente impecable. En mi larga práctica de torneos solo puedo recordar muy pocos casos en que la lucha transcurrió tan armoniosamente en una atmósfera tan agradable y tranquila. Esto, sin dudas, es sobre todo mérito del incansable secretario del torneo N. Lederer, que fue el alma de toda la competencia; en general, sin su activa participación sería imposible la llegada de los maestros extranjeros a EE.UU. Sin embargo la brillante organización de la parte externa del torneo también es mérito del director principal, el gran maestro G. Maróczy y del director del buró de prensa G Helms. Pienso que expreso la opinión de mis compañeros – participantes europeos del torneo, si expreso el deseo de que todos los futuros torneos transcurrieran en el aspecto técnico y social tan impecables como el torneo de New York del año 1927.

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Apenas se puede hablar del torneo de New York sin mencionar el relevante papel de Nimzowitch en la primera mitad de este torneo – al menos en el aspecto deportivo. Ante todo hay que establecer que su éxito en este período de la lucha fue bastante merecido, – como merecido fue su fracaso en la segunda mitad del torneo. Hay que considerar un hecho que en la lucha con contrarios iguales Nimzowitch siempre estará destinado a caer de las más altas cimas al abismo y luego volver a ascender. Pues es verdaderamente difícil imaginarse que después de una carrera ajedrecística de 25 años él consiguió de repente cambiar radicalmente el carácter de su creación, a la que debe no solo sus a veces excepcionales logros – tanto combinativos como posicionales, – sino a veces también los fracasos en el aspecto deportivo. El principal defecto de la creación de Nimzowitch yo considero es la inseguridad en el juego de posiciones de apertura desconocidas para él. Puede ser que esta inseguridad se origina de que él, como yo pienso, le da una significación exagerada a la preparación del repertorio de aperturas y a causa de esto se siente fuera de su elemento cada vez que se encuentra ante un nuevo problema estratégico en la apertura, es decir uno que no se puede resolver mediante variantes, porque para esto último su técnica es más que suficiente. En todo caso, el hecho es que mientras que Capablanca no tiene ni un solo caso en que su derrota sea una consecuencia directa de la apertura (la partida con Verlinsky es la única excepción que confirma la regla), en Nimzowitch esto ocurre relativamente a menudo (ver, por ejemplo su tercera partida con Vidmar de este torneo, las partidas con L. Steiner de los torneos de Kecskemet y Berlín del año 1928, algunas partidas del torneo de Baden-Baden del año 1925).

Pero, en cambio él mostró en New York qué obras maestras sabe crear si supera felizmente la apertura (ver, por ejemplo, sus partidas con Vidmar y Spielmann de la primera vuelta y conmigo de la segunda). Como ya se ha dicho, él ocupó en New York, en mi opinión, exactamente el lugar que le corresponde a su fuerza actual. Sin embargo, yo no me asombraría si en el futuro él logra más; su camino, por lo visto, va hacia arriba.

El juego de los demás participantes en general produce una impresión completamente pálida. Vidmar jugó menos emprendedor que lo habitual. Spielmann en muchas partidas acordó tablas demasiado temprano, y además, en parte no tuvo suerte (en las partidas con Nimzowitch de la segunda vuelta y conmigo de la primera y cuarta). Por fin, Marshall después de un inicio desafortunado perdió el equilibrio y el final del torneo lo jugó una clase por debajo de su fuerza real.

A pesar de las imperfecciones indicadas en el juego de algunos participantes, yo creo que el torneo dio una serie completa de partidas valiosas, la mayor parte de la cual ni apareció en la prensa, o se publicó con comentarios muy superficiales. Por eso tengo la esperanza que el siguiente trabajo analítico, en el que lo más valioso me parece su parte teórico debido a la interpretación de muchos momentos teóricos interesantes, no será inútil para el mundo ajedrecístico. Especial atención de los teóricos, en mi opinión, merecen algunas variantes de la defensa india con el fianchetto del alfil dama de las negras, la defensa Caro-Kann y la estructura holandesa por parte de las blancas y las negras.

II

En el aspecto deportivo el éxito de Capablanca en el torneo de New York fue, como se sabe, brillante. Sin embargo, ¿en qué grado le correspondió a esto el contenido interno de las partidas, su valor cualitativo? Para formarse una idea imparcial sobre esto, es necesario examinar sus partidas con cada uno de los contrarios desde el punto de vista del arte. Entonces debemos hacer las siguientes conclusiones.

A) Conmigo, a decir verdad, solo se jugó una partida, precisamente la primera, porque las otras debido a mi peligrosa posición en el torneo y la mala forma deportiva yo las jugué precisamente para tablas. Y como este resultado para Capablanca era deseable debido a la ausencia de competidores serios, pues en estas partidas, en realidad, no hubo ninguna lucha. ¿Qué se puede decir sobre la primera partida? Las negras comenzaron por seleccionar una variante arriesgada, que, como mostraron los análisis posteriores, con el contrajuego correcto pudo ponerlas en una situación difícil. Ocurrió, sin embargo, de otra manera porque las blancas – lo que por completo no se parece a su estilo de juego (yo a veces juego de modo inexacto en posición peor en la apertura, pero casi nunca en mejor), – hicieron unas tras otras varias jugadas débiles que podía refutar incluso un maestro promedio. Es comprensible que Capablanca del modo correspondiente usó la posibilidad ventajosa y ganó rápido y segura. Debido a mi mal juego el valor de esta partida desde el punto de vista del arte ajedrecístico es igual a cero, su significado psicológico – no para el vencido, sino para el amplio público – es enorme. No hay duda de que exactamente por esta partida el 95 por ciento de los tal llamados críticos competentes comenzaron a convencer a todo el mundo ajedrecístico (y en parte tuvieron éxito en esto), de que en Buenos Aires no habría ninguna lucha –  ocurriría una destrucción. Si estos señores se hubieran tomado el trabajo de comparar esta partida con cualquier cantidad de mis partidas promedio de los torneos de los últimos años, quizá habrían tenido otra opinión. Pero ellos, evidentemente, estaban destinados a quedarse ciegos hasta el fin del match. Algunos de ellos – nomina sunt odiosa* (no diremos los nombres) – se mantienen ciegos todavía: solo porque no quieren ver. Contra esto, por supuesto, no hay que luchar.

B)  Las cuatro partidas de Capablanca con Nimzowitch transcurrieron de la siguiente forma:

1) Nimzowitch (blancas) juega la apertura muy inconsistentemente y simplemente débil; luego también omite una serie de posibilidades de salvación. El juego de Capablanca en la primera mitad de la partida tampoco se puede denominar una imagen de exactitud. Cierto, esto se atenúa por las ricas ideas del final;

2) jugando con blancas, Capablanca se abstiene de cualquier iniciativa y solo tiende a un irrefrenable cambio de piezas, aunque la posición no exigía semejante táctica. Como resultado – unas tablas cortas inexpresivas.

3) una de las mejores partidas de Capablanca en este torneo, por cuanto él no cometió en ella ni un solo error visible. Pero, en cambio ¡qué impresión de impotencia produce el juego de Nimzowitch en el aspecto posicional! Por ejemplo, la jugada 16.g4 es indigna incluso de un aficionado de fuerza media. Por cierto, el juego de Capablanca en esta partida no fue absolutamente irreprochable – 22…Ca5(?) y solo la parte final produce una impresión fuerte por su simplicidad lógica;

4) una partida muy mala. Nimzowitch sin necesidad le cede una línea abierta en el centro al contrario, debido a lo cual el último obtuvo una posición ganadora. ¡Sin embargo, en vez de la jugada evidente 21. Td6 Capablanca jugó 21. Rf2??, y la partida terminó en tablas!

C) Con Vidmar las cosas no fueron tan simple: Capablanca ganó solo una partida, pero y en este caso tuvo que vérselas con un contrario que jugó un poco por debajo de clase habitual:

1) debido al uso indolente en el medio juego de sus chances por la línea “d” Capablanca le permitió al contrario casi igualar la partida; sin embargo entonces él preparó una celada posicional (provocando una cambio de damas al parecer “simplificador”, en realidad fatal, que era fácil de evitar), gracias a lo cual obtuvo un final ganador. Pero y aquí él jugó débilmente y después del receso le permitió al contrario empatar el juego mediante una fácil simplificación.

2) después de una apertura exitosa Capablanca dejó sin usar una simple posibilidad de simplificar su ventaja posicional y en vez de eso se apuro mediante una serie de cambios en llevar la partida a un final de tablas.  En la posición final Vidmar tenía incluso determinada ventaja;

3) Después de la débil jugada del contrario 14…b4? Capablanca, jugando con blancas, obtuvo la ventaja posicional. En vez de tratar de aumentarla mediante un juego planificado, él inmediatamente pasó a la simplificación, que le dio un final cómodo, pero no precisamente ganador. Las negras perdieron debido al juego muy inexacto;

4) en realidad no una partida, sino un cambio total.

D) Spielmann fue, en realidad, el único que jugó con Capablanca no por debajo de su fuerza. Sus errores fueron, hablando en general, no de carácter ajedrecístico sino psicológico: él de ninguna manera podía imaginarse que se le puede ganar al “invencible”, incluso obteniendo una posición mejor:

1) la idea desafortunada de apertura de las blancas – que además de realizó tácticamente no de la mejor manera – en definitiva trajo como consecuencia el sacrificio de un peón sin ninguna compensación. Entonces Capablanca se dio cuenta y gracias a varias inexactitudes del contrario halló un contrajuego salvador;

2) juego superficial y sin ello no fácil para las negras variante de la defensa Caro-Kann 3. Cc3, donde la tendencia a los cambios resultó un medio completamente insuficiente para obtener la igualdad del juego. La partida quedó sin final, porque Spielmann, después de conseguir una ventaja totalmente clara, de repente se conformó con las tablas. Más que sospechoso, si hubiera hecho lo mismo, jugando con cualquier otro;

3) como resultado del análisis casero Capablanca halló el reforzamiento de una variante jugada entre los mismos contrarios en la partida de la primera vuelta, y debido al juego sin iniciativa del contrario ya en la apertura obtuvo una posición ganadora. La combinación final, aunque muy simple, la calculó exactamente. La premiación de esta partida como brillante solo se puede explicar porque Capablanca la realizó realmente irreprochable;

4) en general, el mismo cuadro que en la segunda partida: de nuevo la Caro-Kann, de nuevo la misma tendencia a la simplificación no determinada completamente por la posición. La diferencia solo en que antes de la “aceptación de tablas” Spielmann de modo elemental omitió sus chances, y en la “posición final” Capablanca  podía del todo continuar la partida, jugando para ganar. En general la partida deja la impresión de  que ambos lados la jugaron sin un interés significativo.

E) El juego con Marshall fue para Capablanca – como frecuentemente antes – bastante fácil:

1) en una defensa india de dama débilmente jugada por el contrario Capablanca de nuevo demasiado precipitadamente pasó a la simplificación y entonces le concedió al contrario la oportunidad de igualar el juego. Luego de que el último por causas incomprensibles no aprovechó esto (14…bc??), Capablanca en buen estilo realizó el  final de la partida;

2) Marshall de nuevo jugó mal la apertura y en la jugada 12 perdió una figura. No es necesario hablar de lo posterior;

3) partida poco satisfactoria. Capablanca de modo inexacto usó sus chances en la apertura (en lo particular dejó mucho que desear la lucha por la casilla c4) y le dio al contrario una serie de posibilidades de igualar el juego. Al final, gracias a varios errores tácticos de las negras él ganó primero un peón, luego un segundo, después de lo cual se podía pensar que la lucha estaba terminada. Sin embargo, él hace un error elemental y pierde uno de sus peones de ventaja, después de lo cual el juego se reduce a un final tablas con alfiles de distinto color;

4) la fase de la apertura Capablanca la realizó muy finamente y poco a poco obtuvo una ventaja posicional abrumadora (punto f5, luego la línea central). Sin embargo entonces ocurre una jugada típica “simplificadora” (se permite el cambio de torres), que les da a las blancas la posibilidad de salvarse. Por cuanto Marshall no percibió esta sencilla posibilidad, el final posterior fue un asunto de técnica.

* * *

Aproximadamente esa impresión produjeron en mi las partidas de Capablanca del torneo de New York, cuando yo durante el viaja a Buenos Aires las analicé detalladamente a bordo del “Massilia” (con el objetivo de prepararme para el match con él). Solo entonces fue completamente claro para mí cuán exagerada es la admiración general con que se aclamaban los logros cualitativos de Capablanca en New York. ¿Máquina ajedrecística? ¿Campeón de todos los tiempos? Qué afirmaciones absurdas sobre un jugador, cuya aplastante mayoría de partidas contiene si no un error manifiesto, aproximadamente 2-3 omisiones, que ponen en duda la victoria y hasta la omiten, en caso de una respuesta correcta incluso comprometen la propia posición.

Sin embargo yo debo decididamente subrayar que esta “crítica de la crítica” se refiere exclusivamente al semimítico “superjugador” Capablanca. Porque si uno se toma el trabajo de separar de su arte ajedrecístico la desconcertante leyenda, pues por supuesto llegamos a la convicción de que él es un maestro de primera clase, cuya fuerza consiste más en la intuición que en el pensamiento crítico. Antes del match a mi me parecía necesario en lo posible establecer de modo imparcial en qué grado y en qué formas se revela esta su propiedad más importante en fases separadas de la partida, y llegué a las siguientes conclusiones, que en su mayoría se conformaron en Buenos Aires.

A) Apertura. Como el propio Capablanca declaró en uno de sus libros (al perecer, en “Fundamentos del ajedrez”), él en cada competencia en que participa, por principio solo utiliza una o dos aperturas o una-dos variantes de la misma apertura. Así fue en sus matches con Marshall (apertura española y variante Cf6-e4 en el gambito de dama) y Lasker (de nuevo la española con la defensa Steinitz y la defensa ortodoxa); lo mismo ocurrió – con pequeñas excepciones que solo confirman la regla, – en el torneo de New York del año 1927 (con blancas – fianchetto del rey contra fianchetto de dama en la defensa india de dama y con negras – defensa Caro-Kann). Pero este limitado repertorio él lo medita profundamente y lo estudia exactamente. Si sus conocimientos teóricos nunca fueron particularmente multifacéticos, ellos desde hace tiempo se caracterizan por una profundidad imponente y sobre todo por su utilidad. Semejante económico método analítico de aperturas de ningún modo merece censura – incluso por el contrario, semejante camino en mucha mayor medida conduce a la formación de verdaderos valores en la parte limitada de la teoría de las aperturas seleccionada para la investigación que las búsquedas extensas y multifacéticas pero sin sistemas de los tal llamados teóricos modernos. No se debe tampoco olvidar que el repertorio de aperturas de Lasker durante un periodo prolongado de su brillo se mantuvo bastante limitado, pero en verdad nadie podía reprocharle por superficialidad o por insuficiente voluntad de vencer.

Parecería que la conclusión inmediatamente lógica de la observación indicada debería ser que en el match con Capablanca sería racional y ventajoso en lo posible variar las aperturas (o su ramificación), para en lo posible más rápidamente obligarlo a abandonar los caminos estudiados. Sin embargo esta conclusión sería verdadera si no fuera por una particularidad de Capablanca, que resalta a través de toda su creación durante los últimos años de su actividad ajedrecística desarrollada hasta el infinito. ¡Es el instinto de conservación, al que ya sacrificó tantas ideas bellas y atractivas, y por el cual él colocó en las líneas abiertas para cambiar tantos pares de torres! Este instinto, al cual en el presente sirve casi enteramente su intuición más sutil, enseguida condena al fracaso cualquier intento de obtener ventaja en la partida con Capablanca con una sorpresa en la apertura. Y realmente, yo, al menos, no conozco ni un solo caso en que como resultado de alguna novedad compleja Capablanca se haya descarrilado; por el contrario, en tales casos él demuestra el máximo de sus fuerzas y siempre encuentra la única continuación correcta (ver, por ejemplo, su conocida partida española con Marshall, New York, 1918). ¡Como resultado de una novedad combinativa en la apertura él nunca cayó en una posición perdida!

Con esta excepcional precaución en la eliminación de cualquier peligro real se explica que en las posiciones en que es posible, a Capablanca le es más fácil que todo hacer uso de su principal carta de triunfo – esa que durante un tiempo tan prolongado le garantizó la supremacía sobre otros maestros, incluso de primera clase. Se trata de su incomparable técnica de defensa, basada en las simplificaciones, – un arma que él utiliza con un verdadero virtuosismo, sin embargo solo hasta el infeliz momento cuando (puede ser, inconscientemente) la usa como medio universal en cualquier posición. Semejante sobreestimación apareció en New York y a causa de lo cual la fuerza principal de su estilo se convirtió enseguida en una evidente debilidad; tanto en las posiciones ganadoras (partidas de la tercera vuelta con Vidmar y de la cuarta con Marshall – por nombrar solo estas), como en las que no había chances de ganar (partidas de la segunda y cuarta vuelta con Spielmann), él empleó excesivamente el método de la simplificación y como consecuencia de esto en caso de mejor contrajuego del contrario podrían obtenerse resultados dudosos para él. Pero como estas partidas terminaron con éxito para Capablanca, yo puedo con completo fundamento suponer que él usará este método (exactamente en la forma exagerada indicada) en el futuro, en particular en el match, – y de esta suposición pude hacer dos conclusiones prácticas:

a) con blancas de ningún modo impedirle buscar la solución del problema de la apertura mediante los caminos por él conocidos de la simplificación – en la suposición de que precisamente esta aparente simplicidad lo induzca a una serie de operaciones de cambios, y tal tendencia en algunos casos puede conducir al comprometimiento de su propia posición. Para el match semejante táctica tiene la ventaja invalorable de que reduce al mínimo la posibilidad de perder (como se sabe, con blancas yo no perdí ni una partida), pero frecuentemente lleva a posiciones que si no se ganan de manera forzada, pues contienen el germen de la victoria. Sin ninguna duda que tales chances de ganar en la mayor parte de los casos es muy difícil de realizar, – de cuatro partidas de ese tipo (8, 22, 28 y 34) solo la última pude terminarla exitosamente; psicológicamente semejante táctica se justificó brillantemente, puesto que mi contrario estuvo obligado durante largas horas a conducir una defensa difícil en posiciones en las que él no tenía ninguna posibilidad de ganar, es decir a ocuparse de resolver una tarea ingrata y, desde su punto de vista, inútil y desagradable;

b) con negras yo, en general, traté de usar el mismo método de simplificación que usaba al defenderse el propio Capablanca, pero en lo posible sin exageración y recordando con firmeza las posiciones en las que las debilidades de la parte defensora se convierten en notables precisamente después de la simplificación. Por cuanto la tarea era para mí completamente nueva, pues, por supuesto yo en ningún caso podía calcular un éxito total. A mediados del match (partidas 8-24) – cuando, por una parte me liberé de la indisposición que me atormentaba al principio de la competencia, y por otra parte – mientras todavía no llegaba el agotamiento de la última fase del match, – yo descubrí que el juego con negras para tablas no representa absolutamente ninguna dificultad.

B) Medio juego. Desde el momento de la lucha cuando el conocimiento exacto le cede el lugar al arte puro, se revelan más brillantemente aquellas propiedades del estilo de Capablanca, gracias a las cuales se formó su gloria semilegendaria: sobre todo la excepcional rapidez de captar la posición, luego – la comprensión intuitiva de la posición casi infalible. Sin embargo estas dos cualidades, que con un uso correcto deberían elevar al poseedor de las mismas, como artista, puede ser, a una altura inaccesible, de un modo asombroso provocaron resultados completamente opuestos,- exactamente a un punto muerto, a la convicción de que al arte ajedrecístico está muy cerca de su fin, que está casi agotado.

¿Cómo pudo ocurrir esto? Para responder correctamente esta pregunta, es necesario detenerse en los peligros psicológicos que oculta en sí la primera de las cualidades indicadas. Y realmente, con las ventajas evidentes que da la rapidez de captar la posición, la capacidad de casi simultáneamente ver una serie completa de momentos tácticos contenidos en cualquier posición compleja (economía de pensamiento y como consecuencia de esto fe en sí mismo), se relacionan casi inseparablemente las tentaciones: el jugador puede fácilmente llegar a una opinión errónea de que las jugadas que él ve de golpe – o casi de golpe – al conocer la posición, obligatoriamente son las mejores, y debido a esto su creación pierde tanto en profundidad cuánto gana en ligereza. Esta paulatina renuncia a la búsqueda de lo absoluto, la satisfacción solo con las buenas jugadas, desgraciadamente (para el arte), es característica para la fase actual de la carrera de Capablanca. Excepciones en este sentido solo hay dos casos: 1) en las posiciones, donde de modo decisivo predomina el elemento combinativo, él se encuentra  literalmente obligado a pensar exacto (por ejemplo, en la partida con Tartakower, Londres, 1922); 2) cuando – a causa de uno o varios errores del contrario claramente refutados él ya tiene una ventaja suficiente para la victoria – de repente se despierta en él el verdadero artista, que halla deleite en terminar la lucha del modo más rápido y elegante. Pero hay que notar, que este rasgo de modo asombroso no se relaciona con la integridad general de la partida: así, por ejemplo, en la partida de la segunda vuelta con Marshall él llegó a la idea del sacrificio forzado de la dama después que su contrario ya en la apertura del modo menos estético perdió una pieza.

Claro que tales despertares del espíritu combinativo en las posiciones de carácter especial se puede considerar solo como excepciones. Como regla, por el contrario, en la creación de Capablanca con los años se llega a observar cada vez menos profundización en los detalles de la posición, y la causa de esto es la certeza firme (yo hablo todo el tiempo sobre el período de Buenos Aires) en la infalibilidad de su intuición. Lo más triste para Capablanca radica en que a este sistema suyo le resultó suficiente operar con jugadas “buenas” casi sin excepción, puesto que se le enfrentaba en su mayor parte en el aspecto posicional un arma más o menos impotente. Debido a tal “impunidad” al usar las jugadas no mejores, él, por una parte se desacostumbró a la concentración del pensamiento durante la partida que solamente da garantías contra los posibles errores elementales, por otra parte – su seguridad en sí mismo creció hasta el infinito y se transformó casi en autoendiosamiento: por ejemplo, antes del match él escribió en un periódico argentino que para ser campeón es necesario un milagro… Dudoso milagro – por cuanto junto con las concepciones estratégicas impecables en teoría en su práctica de los últimos años él frecuentemente omitió posibilidades de ganar o simplemente operaciones tácticas ventajosas. En calidad de ejemplos es suficiente indicar sus partidas con Marshall y Yates con negras (New York, 1924), con Lasker (Moscú, 1925), con Marshall de la tercera vuelta y con Nimzowitch de la cuarta vuelta (New York, 1927). Y los descuidos evidentes se encuentran no tan raramente, como en el comienzo de su carrera ajedrecística, y aunque no siempre se usaron por sus contrarios (ver sus partidas con G. Thomas, Hastings, 1918, y J. Morrison, Londres, 1922), pero a pesar de eso ocurre que ellos traen como consecuencia derrotas (pérdida de la dama en la partida con O. Chajes, New York, 1916, o la omisión del jaque con dama en b2 en la partida con Reti, New York, 1924). Como ya se dijo, no se pueden ver de ningún modo estas manifestaciones esporádicas de una debilidad conocida como fenómenos raros y excepcionales porque la cantidad total de partidas de torneo jugadas por Capablanca durante los últimos años, en comparación con otros maestros es muy pequeña, y por eso en la relación proporcional la cantidad de errores es bastante significativa. Como resultado de esta observación yo llegué a la convicción al parecer algo paradójica de que el presente momento en Capablanca el táctico por mucho cede al estratega, y debido a esto en el medio juego en él no se puede confiar, es decir, cada una de sus ideas tácticas es necesario verificarlas del modo más exacto, porque de ninguna manera no se excluye la posibilidad de descuidos por su parte. Tales conclusiones, por supuesto, sin tener nada en común con la subvaloración del contrario, me ayudaron no poco en utilizar por completo las omisiones de Capablanca en una serie completa de partidas del match (1, 11, 21, 34).

C) Final. Sobre el arte de Capablanca en esta etapa última semitécnica de la partida existían, si esto es solo posible, aun más leyendas que sobre su juego en las primeras dos etapas. En todas estas exageraciones se partía de que Capablanca le ganó a Lasker, cuya maestría en el final – sobre todo en el complejo, no puramente técnico – durante, al menos, dos décadas estaba a una altura inaccesible. Y realmente, una de las partidas con decisión del match en La Habana (10ma) se ganó por Capablanca como resultado de un final conducido perfectamente; realmente, en su carrera de 20 años él ofreció otros buenos finales (por ejemplo, contra Nimzowitch, Riga, 1913), contra Bogoliubov, Londres, 1922, contra Reti y Tartakower, New York, 1924); sin embargo, ¿de cuál de los grandes maestros modernos no se puede decir lo mismo? En conjunto con esto desconcierta completamente la cantidad anormal (relativamente) de posibilidades omitidas por Capablanca en el final, que es mucho mayor que de sus errores (u omisiones) en el medio juego. Para obtener una representación clara sobre esto, es suficiente examinar críticamente sus partidas de los  siguientes torneos: San Sebastián – con P. Leonhardt (que, aunque él ganó, pero – como demostró el Dr. Tarrasch – de modo extremadamente embarazoso y solo con ayuda del contrario) y con Rubinstein (donde él omitió completamente chances brillantes de entablar mediante el sacrificio de torre); La Habana – con Marshall (derrota de un final que primero estaba bien – si no para ganar); New York, 1924 – con el autor de este ensayo (esta partida, por cierto, es el punto inicial de mi comprensión de la individualidad ajedrecística de Capablanca); Moscú, 1925 – con Torre y Spielmann y finalmente, New York, 1927 – con Vidmar de la primera vuelta. Esto nos lleva a la convicción de que Capablanca de ningún modo es un maestro excepcional del final, que su arte en esta etapa de la partida en general es de carácter técnico y que otros maestros en algunos dominios del final lo superan o lo superaron a buen seguro (por ejemplo, Rubinstein en el final de torres).

Para generalizar brevemente lo dicho, yo pudiera formular mi representación general sobre el juego de Capablanca antes del match con él: en la apertura él representa una fuerza grande solo como defensor; el medio juego – es su lado más fuerte, aquí en dependencia del caso manifiesta actividad; en el final para un maestro de primera clase él no es temible, puesto que aquí solo en casos excepcionales él consigue superar la mediocridad.

* * *

De tal modo, como prólogo a la lucha por el campeonato mundial, el torneo de New York del año 1927 tuvo un doble y muy real significado – sin embargo completamente opuesto a la opinión sobre este acontecimiento de todo el mundo ajedrecístico: él le dio a la señora fortuna la ocasión de regalarle al héroe cubano una sonrisa ambigua, en la cual bajo la animación externa se traslucía una advertencia cautelosa; y por supuesto, no es su culpa, que su favorito esta vez no supo adivinar esta sonrisa. Además, este torneo le dio la oportunidad a su futuro contrario inmediatamente antes de la lucha decisiva comprobar en una serie de nuevos ejemplos sus observaciones de años pasados y obtener, de esta forma, conclusiones correctas. Es posible que los años venideros nos traigan las más grandes sorpresas, pero aun así el torneo de New York del año 1927 se inscribirá en la historia del ajedrez como el punto inicial de la destrucción final de la leyenda dañina para nuestro arte de la máquina ajedrecística en forma de persona.

Se entregaron los siguientes premios en metálico:

1er premio – 2000 dólares, José Raúl Capablanca;

2do premio – 1500 dólares, Alexandr Aliojin;

3er premio – 1000 dólares, Aaron Nimzowitch.

Los premios especiales por las mejores partidas del torneo los recibieron:

1ro – 125 dólares, Capablanca por la partida con Spielmann de la tercera vuelta;

2do – 100 dólares, Aliojin por la partida con Marshall de la cuarta vuelta;

3ro – 75 dólares, Nimzowitch por la partida con Marshall de la cuarta vuelta;

4to – 50 dólares, Vidmar por la partida con Nimzowitch de la segunda vuelta

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Sobre Enrique Ferreiro García 697 Artículos
Tiene más de 30 años de experiencia en el Ajedrez por Correspondencia, donde además de jugador, ha fungido como árbitro y directivo. Es Presidente de la Delegación Provincial de Ajedrez Postal en la provincia Las Tunas, Cuba. Ostenta los títulos de Experto Provincial de Ajedrez en Vivo y Maestro Nacional Senior, máximo título que confiere la Federación Cubana de Ajedrez Postal (FECAP). Se proclamó decimocuarto Campeón Cubano de Ajedrez Postal en 2005. Artículos, comentarios y partidas suyas han aparecido en el prestigioso Informador Yugoslavo de Ajedrez y en otras publicaciones como el Correspondence Chess Review ucraniano y Telejaque, órgano oficial de la FECAP. Se dedica a la investigación histórica del ajedrez y tiene varios libros inéditos sobre el tema. Aparece en un artículo de la Enciclopedia Colaborativa Cubana Ecured en el sitio: http://www.ecured.cu/index.php/Enrique_Ferreiro

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