Haciendo justicia a grandes genios semiolvidados: Leonid Stein (III)

Leonid Stein

Leonid Stein

Por: Lic. Miguel Echenique Hilario.

Leonid Stein (Parte III).

Ver Primera y Segunda Parte

¿Cómo proclamarse campeón nacional?

Pero aquella tarde no le acompañó la fortuna. Una vez más, como en los viejos tiempos, no pudo controlar sus nervios, y jugó sin aliento. Más tarde, resultó que incluso un medio punto le hubiera reportado el campeonato, puesto que tanto Jolmov como Spassky habían hecho tablas en sus respectivas partidas. Pero Stein perdió. Afortunadamente, Jolmov y Spassky no pudieron superarlo en la puntuación, de modo que tenía la posibilidad de luchar por el título en el torneo de desempate, que se disputaría en Moscú a comienzos de 1964.

Ya en la primera ronda, Spassky, a quien muchos consideraban el favorito, se apresuró a atacar la posición de Stein. Pero pronto resultó evidente que el asalto no estaba bien fundado. Una vez rechazadas las amenazas, Leonid asumió el contraataque, faceta en la que descollaba tanto como en el ataque. Pronto el rey blanco se vio acosado por las piezas negras y Spassky abandonó con el mate a la vista.

En la siguiente ronda, Spassky consiguió, a duras penas, hacer tablas con Jolmov. Stein, por su parte, no pudo ganarle a Jolmov un final similar al que le había ganado un mes antes, en Leningrado. No había analizado con precisión la posición aplazada y, tras la reanudación del juego, optó por un plan que sólo conducía a tablas.

En la segunda vuelta Spassky no consiguió vengarse. Por otra parte, en su jugada 60 el gran maestro de Lvov omitió una jugada que le concedía importantes posibilidades de victoria. A continuación, Spassky destrozó a Jolmov. Una vez más, todo se decidiría en la última ronda. A Stein le bastaban unas tablas con Jolmov. ¿Podría conseguirlas, con negras? De no ser así, los tres competidores tendrían idéntica puntuación y el torneo debería proseguir.

¿Cuántas veces había dejado escapar su oportunidad Stein en la última partida? Aquella tarde, sin embargo, jugó con tanta seguridad y eficiencia, que Jolmov, a quien sólo le servía la victoria, no pudo soportar la presión, jugó de forma errática, y se vio sometido a un formidable ataque. Tras evaluar sobriamente la posición, Jolmov propuso tablas, que Stein no vio razón alguna para rehusar.

Haciéndose un sitio en la cima y alcanza la madurez de un estilo universal:

Los medios saldaron su deuda con el nuevo campeón de la URSS. Los especialistas no dejaron de percibir las modificaciones en su estilo de juego. Así, el periodista deportivo Viktor Vasiliev, escribió en el boletín del torneo, en vísperas del zonal: “Con su juego en el campeonato, Stein supo invertir por completo las opiniones que le señalaban como un especialista de las tablas, haciéndose notar como un dinámico representante de la tendencia combinativa. Ya en el match Yugoslavia – URSS, disputado en Rijeka en junio de 1963, según los entrenadores del equipo, no sólo había jugado mejor que ninguno de los miembros de su equipo, sino que también había exhibido un estilo universal. En el campeonato nacional Stein jugó muy suelto, con gran confianza en cada fase de la partida, y no evidenció puntos vulnerables… La actuación de Stein en el campeonato, y quizá incluso más en el torneo de desempate, reveló que el grupo de grandes maestros mundiales del máximo nivel está ahora más nutrido.”

Stein y Liliya, 1962

Stein y Liliya, 1962

La siguiente competición del calendario era el torneo zonal. Antes de su comienzo, la Federación de Ajedrez de la URSS liberó a Smyslov de jugarlo, concediéndole de oficio una de las plazas para el Interzonal. Eso complicaba la tarea de Stein, porque ahora sólo quedaban tres plazas de los siete participantes.

De acuerdo a la tradición, flojeó al comienzo del torneo: cinco tablas y una derrota ante Geller. Stein no tenía fuerza moral para quejarse de la derrota, porque Geller había jugado magníficamente, y el error decisivo del jugador de Lvov no era obvio. Pero tampoco le hacía las cosas más fáciles. Finalizada la primera vuelta, tenía 2,5 puntos. Bronstein, en cambio, sumaba 4,5. Seguían Jolmov (con 3,5), Geller y Suetin (con 3). Había dos jugadores empatados con él, ¡pero nadie por detrás! Como suele decirse, no había retirada posible. Hablando con franqueza, el tercer puesto era algo remoto.

Pero dos victorias consecutivas al comienzo de la segunda vuelta le hicieron subir tan rápido, que ni siquiera las cuatro tablas de las últimas partidas pudieron alterar la situación. Tras un brillante sprint final, Spassky, con siete puntos, conquistó el primer puesto. A medio punto de distancia, Stein y Bronstein, conseguían también sus billetes para el Torneo Interzonal de Ámsterdam.

Nervios de acero y “exhibiciones de fuerza”:

En el boletín del torneo, el maestro internacional Vassili Panov escribió: “El éxito de Leonid Stein no es una sorpresa. Es comprensible e incluso inevitable. ¡Hubiera sido un sinsentido que el campeón de la URSS no pudiese acceder al Torneo Interzonal! Sobre todo me han gustado las poderosas exhibiciones de fuerza del gran maestro de Lvov. Stein comenzó el campeonato con ocho tablas en serie, ¡y sólo después consiguió ganar la medalla de oro! El torneo zonal lo comenzó de forma más efectiva: ¡cinco tablas y una derrota! Sin embargo, consiguió integrar el trío. ¡Qué confianza en sí mismo y autocontrol! Eso me recordó una escena de Cyrano de Bergerac, en la que el poeta galo, enfrentado a un arrogante marqués, improvisa una balada y, durante la última, y previamente estipulada, estrofa, arrolla a su enemigo. ¡Exactamente como Stein! Tales nervios de acero y fe en sus propias posibilidades le garantizan muchos nuevos éxitos.”

Stein leía estas líneas con una triste sonrisa. Sin duda eran halagadoras. ¡Y qué bien escritas! Pero… ¿Nervios de acero? Sabía mejor que nadie que eso no era cierto. ¿Poderosas exhibiciones de fuerza? Del mismo modo podría llamarse una “poderosa exhibición” al salto de una valla de dos metros que realiza alguien perseguido por perro rabioso… Sus demostraciones finales no eran la consecuencia de haberlo tenido todo bajo control, sino enormes esfuerzos por los que había tenido que pagar un alto precio.

Por ejemplo: ¿Cómo debía evaluar su primera victoria en el zonal? En posición claramente ganadora, Stein había estropeado su juego a tal punto, que al final Suetin consiguió forzar tablas. ¿Y qué decir de sus tablas con Bronstein de la 12ª ronda? Ya en la apertura tenía Stein una gran ventaja, que podía haber explotado en diversas líneas. Pero eligió una opción azarosa y se encontró con un brillante contrajuego de su rival.

¿Y las tablas de la penúltima ronda con Jolmov, que sólo tenía medio punto menos, jugando con blancas, y luchó desesperadamente por una victoria que le permitiese desbancar a Stein de una de las tres primeras plazas? Más de uno pensaba que Jolmov había conseguido ventaja decisiva, pero Stein consiguió encontrar, por enésima vez, una buena defensa… ¡Las tablas salvadoras, no obstante, estaban pendientes de un hilo!

Durante el torneo Stein sufrió de insomnio. Se volvió desconfiado, irritable y, a veces, incluso cáustico. Decían que no tenía un carácter amable. No hay nada que hacer: es evidente que los grandes logros no se consiguen con facilidad.

En cualquier caso, las lecciones de Estocolmo no habían sido olvidadas. En las dos últimas competiciones Leonid Stein no sufrió reveses en las partidas finales y decisivas. Había enriquecido su arsenal creativo con nuevas formas de un ajedrez más alto, “acrobático”, tanto en el juego posicional como en la defensa.

Preservando su fuerza de agresión, había disminuido el número de derrotas. Si en el 30º Campeonato del país, celebrado a finales de 1962, había perdido cuatro partidas, de un total de 19, en los seis torneos importantes que disputó a continuación, de un total de 63 partidas, sólo había perdido tres. Sólo había quedado sin respuesta uno de los “porqués”. Sus flojos comienzos de torneo se habían vuelto legendarios. Muchos especialistas creían sinceramente que Stein reservaba sus esfuerzos para su ilustre sprint final, que quizá ocultaba estratagemas tácticas de última hora… Sin embargo, Stein sabía mejor que nadie que sin resolver el problema del comienzo le resultaría difícil conseguir cualquier tipo de hazaña deportiva superior. Pero lo cierto es que no sabía cómo resolverlo.

El mismo comienzo, el mismo sprint:

1964-1967:

El 20 de mayo de 1964 comenzó el Torneo Interzonal en Ámsterdam. Cinco jugadores representaban a la Unión Soviética: Mijaíl Tal, Vassili Smyslov, Boris Spassky, David Bronstein y Leonid Stein. Lo mismo que en Estocolmo, sólo había tres plazas para ellos cinco, con destino al Torneo de Candidatos.

Este evento todavía era más difícil para Stein que el de dos años antes. Porque tenía que superar no sólo a uno de sus compatriotas, sino a dos. Además, había que clasificarse entre los seis primeros, con una legión de fortísimos grandes maestros extranjeros. Aunque, por alguna razón, el campeón norteamericano Bobby Fischer había renunciado a jugar, su país estaba representado por importantes figuras, como Pal Benko, que había jugado en Estocolmo y aspiraba a participar en su tercer Torneo de Candidatos. Acompañándole, se encontraba un neófito en tales lides, que había que tener en cuenta: Larry Evans. El tercero, Samuel Reshevsky, era una leyenda viva del ajedrez. Saludaron a Stein con calurosos apretones de mano los yugoslavos Svetozar Gligoric y Borislav Ivkov, así como el húngaro Lajos Portisch, todos ellos peligrosos rivales. Por primera vez, Stein se encontraba con el pintoresco Bent Larsen, a quien muchos consideraban el más fuerte gran maestro extranjero, después de Fischer. La actitud hacia Stein también era diferente. Dos años antes, al comenzar el Interzonal, era un maestro desconocido, obligado a demostrar que su presencia en sociedad tan elitista no era accidental. Ahora gozaba de una gran reputación. ¡Campeón de la URSS era, por sí sola, una expresión de autoridad! Todo el mundo lo veía como un firme candidato a la lucha por los puestos superiores.

Qué decir de Stein… Sentía que todo el mundo lo miraba con creciente atención, y que no podía controlar sus nervios. En la segunda ronda consiguió una posición prometedora contra Bronstein. Podía haberla consolidado, puesto que ya se había demostrado a sí mismo capaz de hacerlo. Sin embargo, quiso forzar el curso de los acontecimientos, sacrificó un caballo y, en un par de jugadas, pudo darse cuenta, con horror, de que se había equivocado. La segunda derrota siguió inmediatamente a la primera. ¡Hacía tiempo que Stein no defendía tan mal una posición, como la de su partida de la cuarta ronda ante Portisch! Después de ocho rondas, el total de sus puntos ascendía a 3,5. Se encontraba a años luz de los seis primeros y, desde luego, era el peor de los jugadores soviéticos. Sin embargo, el resultado de Stein no sorprendía a nadie, porque ya todos estaban acostumbrados a sus pésimos comienzos. Ahora todos esperaban su explosivo y rapidísimo sprint.

Y, efectivamente, llegó. Uno tras otro fueron cayendo Gligoric, Benko, Evans, Ivkov, y hasta Larsen, en ese momento líder del torneo. ¡Cinco victorias consecutivas contra rivales muy cualificados! El torneo había empezado de nuevo para él en la novena ronda, a partir de la cual había conseguido ¡once victorias y dos tablas, en trece partidas! Antes de la última ronda, Stein tenía 16 puntos. Se encontraba empatado en el tercer puesto con Spassky y Tal, a medio punto de Larsen y Smyslov, y medio punto por delante de Bronstein. Se había asegurado una plaza entre los seis primeros, no sólo prácticamente, sino también teóricamente, porque sus más próximos seguidores, Ivkov y Portisch, se encontraba a punto y medio. De no haber sido por la famosa “regla de tres”, el campeón de la URSS se habría asegurado un puesto entre los candidatos al título mundial. Pero, puesto que existía, necesitaba superar a Spassky o Tal.

Una vez más, “la regla de tres”:

En tal dramática situación, sus nervios le abandonaron, de nuevo, a Stein. Durante su partida de la última ronda, contra el maestro internacional alemán Klaus Darga, jugó de forma demasiado académica, incluso crispada, y en la jugada 32 acordaron tablas.

Aquella tarde recordó el aforismo favorito de Tartakower: “Si te arriesgas, puedes perder; pero si no arriesgas, ya estás perdido.” Stein no quiso especular en la última partida y perdió. No la partida, pero sí algo peor: su participación en el Torneo de Candidatos. Tal y Spassky arriesgaron y consiguieron ganar. Alcanzaron así a Larsen y Smyslov y compartieron con ellos el primer puesto. Stein, a sólo medio punto, fue quinto. Su clasificación formal para el Candidatos no le servía, como tampoco a Bronstein, sexto clasificado. Los dos visados faltantes les fueron entregados a Ivkov y Portisch, séptimo y octavo clasificados.

La injusticia de la “regla de tres” resultó tan evidente para todos que el Congreso de la FIDE (en Wiesbaden, septiembre de 1965) la abolió. Pero a Stein no le sirvió de nada, porque su segunda tentativa de ingresar en el Olimpo había resultado infructuosa. Había tenido éxito en el tablero, pero tuvo que retirarse ante la barrera aritmética extradeportiva.

De esta etapa dice Kasparov:

“Pero tal y como fueron las cosas, el resultado del Interzonal de Ámsterdam fue muy significativo: 1-4. Smyslov, Spassky, Tal y Larsen 17 (de 23); 5. Stein 16,5; 6. Bronstein 16. Los dos últimos quedaron excluidos del ciclo de Candidatos, pasando Ivkov y Portisch (que se clasificaron a continuación) a ocupar las dos plazas restantes.

Fue una escandalosa injusticia y a partir del siguiente ciclo FIDE la restricción de jugadores soviéticos fue finalmente abolida. Sin embargo eso no le sirvió de consuelo a Stein y Bronstein, y fue una gran pérdida para el mundo del ajedrez que ninguno de ellos pudiese participar en los matches de Candidatos.

Creo que en 1965 Stein era el único jugador que podía haber rivalizado seriamente por el título con el vencedor del ciclo, Boris Spassky. Poco después, demostró brillantemente que era uno de los jugadores más fuertes del planeta, con magníficas actuaciones para el equipo soviético en dos Olimpiadas (1964 y 1966), derrotando a Botvinnik, con negras, en el Campeonato de los Sindicatos (1965), y ganando dos campeonatos sucesivos de la URSS (1965 y 1966), así como el grandioso torneo internacional de Moscú (1967), por delante del vigente campeón mundial, uno futuro y dos excampeones”

También tenía cosas que reprocharse a sí mismo. Sí, en Ámsterdam había jugado mejor que en Estocolmo. No obstante, ¡seguía sin saber cómo programarse para desarrollar todo su potencial en las rondas iníciales! Como también en la última y fatal jornada: Leonid ya había aprendido a no perder esa última partida, pero aún no había aprendido a ganarla cuando era necesario.

Con todo, la impresión que dejó el campeón de la URSS fue notable. “Stein se quedó a una fracción de punto de la lista de candidatos”, escribió el árbitro principal, Salo Flohr. “Su enérgico juego ha conquistado la admiración de todos.”

En la elite mundial y suplente en un equipo de ensueño:

La reputación de Stein, de sus logros deportivos y creativos era tan alta, que fue invitado a integrar la selección de la Unión Soviética que participaría en la 16ª Olimpiada (o campeonato mundial de equipos nacionales), que tendría lugar en Tel Aviv, en noviembre de 1964. Jugadores de 50 países acudirían a Israel para competir: es decir, la flor y nata del ajedrez mundial. Sólo Fischer estaría ausente, para gran desilusión del equipo de Estados Unidos, probablemente con la única excepción de Reshevsky.

Estos dos grandes maestros se habían peleado en 1961, a raíz de la interrupción de su match y, como consecuencia de un escándalo, tras la división del fondo de premios por decisión judicial… Desde entonces ninguno de ellos quería jugar en el mismo equipo que el otro. Los norteamericanos querían que Fischer jugara, pero éste, según decían, exigía el doble de honorarios que Reshevsky…

Stein estaba muy sorprendido por la actitud del campeón estadounidense, que jugaba de tal modo con la reputación de su país. El propio Leonid consideraba un honor representar a la URSS en su equipo nacional. Incluso como primera reserva, a pesar de que era el campeón. La formación titular estaba compuesta por el campeón del mundo, Petrosian, los ex campeones Botvinnik y Smyslov, y el segundo clasificado en el Torneo de Candidatos, Keres. Spassky, uno de los héroes del Interzonal de Ámsterdam, era la segunda reserva. Grandes maestros eminentes, como Tal, Geller y Bronstein no formaban parte del equipo…

La división de los jugadores soviéticos en titulares y reservas era puramente formal. Sólo significaba en qué orden se alinearían los grandes maestros en tal o cual match. La fuerza del equipo soviético en las Olimpiadas radicaba en que no sólo presentaba grandes figuras en los primeros tableros, sino que contaba también con auténticas estrellas en los tableros reserva, de tal manera que éstos podían sustituir a los líderes y enfrentarse con garantías a cualquier rival. Este hecho le permitía al capitán del equipo distribuir de forma equitativa el número de partidas entre los seis jugadores. No era una sorpresa, por tanto, que los soviéticos hubiesen ganado todas las Olimpiadas. (Desde la de Helsinki, 1952, primera participación de la URSS en las Olimpiadas ajedrecísticas. N. del T.)

En Tel Aviv el papel del fuerte suplente fue especialmente importante, ya que el evento tenía un calendario muy apretado: cada día, por la mañana, se jugaría una sesión de cuatro horas para finalizar las partidas aplazadas. Luego, después de comer, cinco horas más de juego con la ronda habitual. Eso significaba que aquellos equipos que no tuviesen buenos sustitutos para sus líderes podían obligarlos a jugar hasta nueve horas diarias. El equipo de la URSS tenía una solución sencilla para el problema: aquellos que tuviesen que finalizar sus partidas aplazadas por la mañana, no jugarían por la tarde.

El primer tablero de Alemania Federal, Wolfgang Unzicker, tuvo que jugar, por ejemplo, 18 partidas de las 20 totales. En el equipo soviético, en cambio, Botvinnik y Keres (los más veteranos) sólo jugaron 12, mientras que los demás jugaron 13.

Stein no tuvo que realizar un esfuerzo especial para ganarse la confianza de sus compañeros de equipo, y en la fase final llegó a participar en importantes matches. Sobre todo, después de que, en la quinta ronda de la fase final, la URSS perdiese ante Alemania Federal por 1-3, viendo amenazado así su primer puesto. Stein también había participado en aquel match y fue parcialmente responsable de la derrota, pues no había sabido materializar su ventaja contra el maestro H. Pfleger, y la partida había finalizado en tablas. En la sexta ronda los soviéticos aplastaron a los búlgaros, venciendo Stein a un fuerte maestro, N. Spiridonov.

En la séptima ronda se produjo un duro encuentro con Yugoslavia. La victoria de Stein sobre Matanovic le permitió al equipo empatar el match, 2-2. Al final de la competición, todos los jugadores tuvieron una brillante actuación, destacando especialmente los primeros tableros. El match decisivo con el equipo de Estados Unidos tuvo un desenlace inmejorable: ¡4-0! Stein también puso aquí su granito de arena, al forzar la rendición del gran maestro Arthur Bisguier. En la siguiente ronda, otra convincente victoria sobre Argentina (3,5-0,5), venciendo Stein a Bernardo Wexler.

En resumidas cuentas, el equipo de la URSS conquistó la medalla de oro. Leonid Stein, por su parte, consiguió un premio especial por el mejor resultado en el primer tablero reserva: 10 puntos de 13 partidas. La participación, al máximo nivel, en el mismo equipo liderado por varios campeones mundiales, resultó ser una maravillosa escuela para Stein.

Déjà vu; (en francés “ya visto”, es un tipo de paramnesia de reconocimiento caracterizada por la experiencia de sentir que se ha sido testigo o se ha experimentado previamente una situación nueva):

Hacía mucho tiempo que Stein no tenía un programa de competiciones tan intenso como a finales de 1964. En septiembre había jugado en Bakú, con la sociedad Avangard, la semifinal del Campeonato por equipos de la URSS. En octubre, la final del mismo torneo, en Moscú, y en diciembre participaba en el 32º Campeonato de la URSS. Aunque estaba verdaderamente cansado, no quería perderse el torneo. Además, el campeonato tendría lugar en la capital de Ucrania, ¡donde Leonid tenía tantos amigos!

La historia volvió a repetirse. Comenzó con una derrota, sumando luego tres tablas consecutivas. En las doce rondas siguientes, ganó siete partidas e hizo tablas en cinco. Como ya era costumbre, en las dos últimas rondas, sólo medio punto…

Como consecuencia, Stein sumó los mismos puntos que en el campeonato anterior, en Leningrado, donde había compartido el primero/tercer puesto. Pero en Kiev la recompensa para tal actuación fue más modesta: sólo el cuarto puesto. Stein no había jugado peor que el año pasado, ¡pero otros jugadores sí lo habían hecho mejor! Probablemente, existió cierta forma de justicia deportiva: si uno no avanzaba, otros lo superarían. El período de estancamiento, sin embargo, no duró mucho.

Ascensión sin precedentes:

Durante los dos años que siguieron al 32º Campeonato de la URSS, Stein se encontraba en una forma tan soberbia que sus éxitos en torneo alcanzaron su punto culminante. El período más productivo de su carrera fue, aproximadamente, entre marzo de 1965 y junio de 1967.

Durante esa época tomó parte en nueve competiciones: en tres de ellas fue el primero, una vez compartió el primer puesto, cuatro veces fue segundo, y el resultado menos afortunado fue un empate en el segundo/tercer puesto (¡aunque con el campeón mundial, Petrosian!). Tal estabilidad de resultados sólo es propia de los grandes jugadores en su momento de máxima plenitud. ¡Ni un solo resultado mediocre! Por otro lado, sus tres primeros puestos lo fueron en los torneos más prestigiosos de entonces: dos campeonatos de la URSS y el más fuerte torneo internacional.

Para completar el cuadro, recordemos dos resultados más que le valieron al gran maestro de Lvov sendas medallas de oro: el Campeonato de Europa por equipos (1965) y la Olimpiada (1966).

En junio de 1965 los seis equipos nacionales más fuertes de Europa competían en Hamburgo: URSS, Yugoslavia, Hungría, Alemania Federal, Rumanía y Holanda. El nivel de la competición difícilmente puede considerarse inferior al de las Olimpiadas, y la concentración de fuertes jugadores también era de primera magnitud, pues los equipos estaban compuestos de diez titulares y dos reservas.

Stein jugó en el sexto tablero, siendo alineado en las diez rondas del certamen, y anotando siete puntos para su equipo. En el resultado global del torneo, el equipo soviético superó a los de Yugoslavia y Hungría en siete puntos.

De Hamburgo Stein se dirigió a Moscú, donde estaba esperándole el equipo de Ucrania. Tenía que participar en la VIII Spartakiada de los Sindicatos. En el match con Moscú, Stein se enfrentó a Botvinnik. Jugando con blancas, el eminente ex campeón mundial estableció el control de todos los puntos estratégicos, de acuerdo a los principios de la ciencia ajedrecística. Pero entonces entró en escena la táctica, en cuyo terreno Stein podía exhibir toda su destreza. Los miembros de ambos equipos no podían creer a sus ojos: lo que en un momento parecía un final desesperado para Stein, se había convertido en un final ganado. Stein acabó ganando la partida y el equipo de Ucrania conquistó finalmente la medalla de plata, cediendo sólo ante la selección de las repúblicas rusas.

Segunda medalla de oro:

Al revisar las actuaciones de Stein en esos dos años, es fácil percibir que, a pesar de sus grandes éxitos, seguía conservando algunas de sus deficiencias deportivas, es decir, que ya se habían hecho crónicas.

Ya en la primera ronda del 33er Campeonato de la URSS, que se inició en diciembre de 1965 en Tallinn, Stein perdió ante Sajarov. No era una derrota accidental. El maestro de Kiev se había preparado de maravilla para una apertura muy popular. Muy pocos jugadores podrían mantener el equilibrio ante tales sorpresas.

Después de cinco rondas, el jugador de Lvov sólo había conseguido medio punto. Pero entonces comenzó su legendario sprint. Alcanzó a Polugaievsky, el héroe de la primera fase del torneo. Luego lo derrotó en la partida entre ambos, y Stein lo superó. Manteniendo su imparable ritmo, incluso consiguió ganar brillantemente en la última ronda.

Así, había conquistado su segunda medalla de oro en el Campeonato de la URSS. La clase de Stein era tan alta y sus victorias tan convincentes, ¡que hasta sus defectos comenzaban a parecerle a sus rivales una especie de virtudes!

Bienvenido a Cuba:

La 17ª Olimpiada de Ajedrez tuvo lugar en La Habana, capital de Cuba, en octubre-noviembre de 1966. Esta vez Stein era jugador titular (cuarto tablero). Los líderes del equipo eran Spassky, Petrosian y Tal.

No podía dejar de apreciar la diferencia entre la organización de las dos Olimpiadas en que había tomado parte. Mientras que, en la edición anterior, se habían dispuesto las condiciones básicas para que pudiera desarrollarse una producción creativa de ajedrez, esta vez todo estaba magníficamente organizado. Stein pudo conocer personalmente a Fidel Castro, presidente del Comité Organizador, quien no perdía la oportunidad de visitar el torneo, a pesar de sus múltiples obligaciones. Stein también conoció al legendario Che Guevara, un notorio aficionado al ajedrez.

Se diría que toda Cuba estaba pendiente de la Olimpiada. La ceremonia de apertura, en el Palacio de Deportes, atrajo a 14.000 personas. Las partidas se desarrollaron en la cancha, de 1.000 metros cuadrados. Durante una de las recepciones promovidas por Fidel Castro, Stein volvió a encontrarse con Fischer.

“¿Recuerdas, Bobby, nuestras partidas de Blitz en Estocolmo”, le pregunto Leonid. “¿No sería bonito volver a jugar ahora unas cuantas?

“¿Por qué Blitz?, respondió Fischer. Juguemos mejor un match de verdad. Tú eres el campeón soviético y yo soy el campeón norteamericano. ¿No sería interesante un match así?

Inmediatamente se pusieron a discutir las condiciones: jugar hasta que uno de los contendientes lograse seis victorias, sin tener en cuenta las tablas. Fischer cogió por el brazo al presidente de la Federación Cubana, José Luis Barreras, y lo acercó hasta Fidel Castro:

“¿Podrían ustedes organizar nuestro match en Cuba?”

“No me opongo a la idea. Garantizo todas las condiciones. ¿Cuándo quieren jugar?”

“Inmediatamente después de la Olimpiada, sugirió Fischer.

“¿Inmediatamente?”, preguntó Stein. “La Olimpiada” finaliza el 20 de noviembre, y el Campeonato de la URSS comienza un mes después. No puedo no jugar el torneo, porque es un zonal, y si no lo juego, pierdo mi oportunidad de luchar por el título mundial. Quizá el año que viene…

“Sólo ahora”, insistió Fischer.

No llegaron a un acuerdo. Pocos días después, Leonid se enteró, con sorpresa, de que Fischer había declarado en una entrevista: “Tengo la impresión de que los grandes maestros soviéticos rehúyen jugar matches conmigo.” Stein declaró a la prensa cubana que estaba dispuesto a jugar el match, pero sólo en una fecha conveniente para él.

El equipo de Estados Unidos, encabezado por Fischer, luchaba con el de la URSS por el primer puesto, pero a la larga los jugadores soviéticos (que habían vencido a los norteamericanos en su match) consiguieron alzarse con la medalla de oro, superando a sus rivales en cinco puntos, siendo para éstos la medalla de plata. Stein ganó nueve partidas de doce.

En la ceremonia de clausura, que fue una auténtica fiesta, el propio Castro concedió las medallas a los ganadores. Después se procedió a una exhibición de fuegos artificiales en la Plaza de la Revolución, seguidos de una gigantesca exhibición de simultáneas, un récord en la historia del ajedrez, en la que los participantes en la Olimpiada se enfrentaron a… ¡6.840 jugadores cubanos! Parecía un cuento de hadas…

Al regresar de La Habana, Stein tuvo que “aterrizar” y apresurarse para participar, en Dniepropetrovsk, en la cuarta Spartakiada de Ucrania, en la que encabezaba el equipo de la región de Lvov. Fue el mejor primer tablero (con seis de siete), superando en medio punto a Geller.

Avión de nuevo, y otra vez en acción. El 34º Campeonato de la URSS se iniciaba en Tbilisi, en 1966. En esta ocasión el torneo se desarrollaba en un escenario totalmente inédito para Stein.

La prueba de Tbilisi:

El siguiente Torneo Interzonal tenía que celebrarse en Túnez al año siguiente. Además de Stein, había muchos famosos grandes maestros compitiendo por las cuatro plazas para el Interzonal, tantos que hasta el doble de plazas no garantizaría un lugar a cada uno de ellos. Entre los principales candidatos se encontraban viejos rivales de Stein: Smyslov, Geller, Bronstein, Jolmov, Polugaievsky y Taimanov, y además se habían incorporado nuevas figuras, como, por ejemplo, Aivar Gipslis, quien probablemente debía estar cansado ya de ser la sombra de Tal en su nativa Letonia.

El comienzo de Stein prometía una actuación sensacional: dos victorias consecutivas, seguidas de unas tablas con Smyslov. De las seis veces que había participado en el campeonato nacional, nunca había tenido un debut tan bueno. ¿Sería, quizá, que ya se había curado de su mal endémico?

En la cuarta ronda perdió con Geller. Se maldijo a sí mismo por esta derrota, no por el hecho de haber estropeado un buen comienzo, ni tampoco porque había perdido constantemente con Geller, sino porque, a pesar de haber sido siempre un gran luchador, en esta partida se había mostrado titubeante desde el principio, eligiendo una apertura que, en el mejor de los casos, sólo podría haberle reportado tablas.

Estaba disgustado, y en las rondas siguientes Leonid comenzó a hacer tablas: una, dos, tres, cuatro. Una vez más, se puso en evidencia uno de sus persistentes defectos: la incapacidad para planificar adecuadamente una competición. Fue entonces cuando se dio cuenta de lo difícil que le resultaba competir al máximo nivel sin un ayudante, que pudiese asistirle de forma permanente. En Lvov tenía muchos amigos sinceros, pero ninguno de ellos podía desempeñar ese papel. Hacía tiempo que, no sin razón, Geller le había recomendado que se trasladase a Kiev. Después del torneo, Leonid tendría que cruzar unas palabras con su mujer… Entretanto, un maestro local, Yuri Chikovani, le echaba una mano. Joven agradable y fuerte jugador, sinceramente abogaba por Stein e hizo todo lo que pudo por apoyarlo.

Eran tiempos difíciles para Leonid. Luego mencionaría que no conseguía verse jugando a plena fuerza. Esto ya le había sucedido antes, pero entonces se habituaría al programa del torneo y comenzaba su sprint, marca de la casa. Esta vez había algo que no funcionaba. Sólo había podido vencer a Taimanov y Doroshkevich, y había perdido con Polugaievsky. En lugar de fraguar su éxito, sólo había hecho tres tablas en serie.

Sin embargo, presintió que la facilidad y la fluidez volvían a su lado. Los planes correctos y las hermosas combinaciones surgían por sí solos, como por arte de magia. Cinco rondas antes del final, se encontraba detrás de Geller, Krogius y Taimanov, y le seguían Gipslis, Smyslov y Polugaievsky, dispuestos para el asalto final. Pero Stein ya había oído la campana, que en las pruebas atléticas anuncia la última vuelta a la pista.

¡La tercera medalla de oro!:

Una victoria instantánea sobre Bronstein, y ya no hubo forma de parar al gran maestro de Lvov. Sus rivales caían, uno tras otro, ¡y de nuevo Stein conseguía la ansiada medalla de oro! “Sólo un gran maestro muy fuerte puede ganar el Campeonato de la URSS. Pero para ganar tres campeonatos de los cuatro últimos, hay que ser un jugador verdaderamente excepcional. No es una casualidad que, además de Stein, sólo Botvinnik haya conseguido una hazaña así”, escribió el árbitro principal del Campeonato, Lev Abramov, en su última reseña del mismo.

Aunque había conseguido la grandeza, nunca sobrestimó su éxito. Proclamarse campeón de la URSS, incluso por tres veces, no era un fin en sí mismo. No menos importante era el hecho de que no tenía mayores problemas para clasificarse de cara a los interzonales. Por entonces la famosa “regla de tres” había sido abolida. No había forma de saber si su tercera tentativa resultaría más afortunada.

Por otra parte, Stein estaba de acuerdo con los especialistas en que haber ganado tres veces el Campeonato de la URSS no significaba, necesariamente, ser el jugador más fuerte del país. Había que pensar, por ejemplo, que no todos los mejores participaban siempre en la competición. Esa era, en realidad, la clave del asunto.

Uno acaba tres veces primero del torneo, pero, por ejemplo, el campeón del mundo no había participado en ninguna de las tres ediciones. ¿Y qué decir de Tal? Stein nunca lo había superado en ningún torneo. Además, Spassky, Keres, Geller y Bronstein habían conseguido mucho más que él, durante los mismos años, en el ruedo internacional.

La madre de todos los torneos:

¡Por fin, surgía la maravillosa oportunidad de demostrar la propia fuerza, en liza con los mejores! Un gran torneo internacional de dieciocho grandes maestros, consagrado al 50º aniversario de la Revolución de Octubre, comenzaría en mayo, en Moscú. Tanto grandes estrellas extranjeras (Portisch, Gligoric y Filip, entre otros), como los más eminentes jugadores soviéticos (Petrosian, Smyslov, Tal, Spassky, Keres, Geller, Bronstein) tomarían parte en él.

Antes de esta especie de madre de todos los torneos, Stein había tenido una gran actuación en un fuerte torneo, disputado en la ciudad yugoslava de Sarajevo, empatando en el primer puesto con el gran maestro Ivkov.

Durante el sorteo, todo el mundo tenía la curiosidad de ver quién extraería el número uno. Hay algo simbólico en ese hecho y, además, desde el punto de vista práctico, una partida más con blancas tampoco estorba…

Los últimos nombres se llamaron en orden alfabético. Stein era el último de la lista… Por fin, sólo quedaban dos jugadores: Filip y Stein. Dos muñecas se ofrecían a la vista del gran maestro checo. Tomó una de ellas, la abrió y:

“Número diez…”

Uno de los árbitros dijo, en broma:

“Todo el mundo parece haber conspirado para concederle el número uno a Stein.”

Stein sonrió: un buen augurio le levantó el ánimo.

Comenzó con unas tranquilas tablas con Tal, luego superó a Bilek (con tranquilidad y consistencia, dejando a su oponente sin posibilidades). Siguieron dos tablas y, en la quinta ronda, un revés. Stein quería ganar, con negras, a Gheorghiu, entrando en una variante arriesgada y complicada. Pero el gran maestro rumano resolvió brillantemente sus problemas. Bueno, no era la primera vez que Stein se acercaba al ecuador de un torneo con una modesta puntuación.

Tablas en la sexta y séptima rondas. Aunque Stein consideraba tal comienzo como “especial de la casa”, en cualquier caso, estaba preocupado. ¿Qué pasaría si le esperaban otros platos? En Tbilisi había tenido que esperar mucho…

Venció y convenció:

La confianza llegó después de la octava ronda. ¡Si había conseguido vencer fácilmente la defensa del “casi inexpugnable” Portisch, eso significaba que estaba en buena forma! Leonid jugó con inhabitual prudencia.

Tras la derrota con Gheorghiu, había dejado de arriesgar, y no eludía las tablas. Sólo hubo una excepción con Gligoric. Stein siempre había jugado bien contra él, sin importar el color de las piezas. El yugoslavo volvió a perder. Cuando Stein llevaba blancas, sus ataques eran incontenibles. Y lo que es más gratificante: sus victorias estaban justificadas. Nada de errores mutuos, ni de apuestas azarosas. ¡Vaya partida que le ganó a Keres en la duodécima ronda!

En la 14ª ronda, sin embargo, se produjo un pequeño borrón en su trayectoria. Consiguió superar a un oponente tan duro como Geller, y estaba preparando el ataque decisivo… Pero se apresuró en algún punto y dejó escapar el triunfo. ¡No importa! Un jugador de ajedrez no es una computadora. Lo mejor era olvidarlo, no perder en la ronda siguiente con Petrosian y tratar de vencer a Uhlmann con blancas.

Eso fue exactamente lo que sucedió. ¡Demolió al gran maestro de Alemania Oriental en media hora! Ya era líder del torneo, con sus rivales siguiéndole a un punto entero de distancia. Una ventaja que mantuvo hasta el final.

Rara vez sucede que todo se produzca en perfecta armonía: optimización de las propias cualidades, maravillosa forma deportiva, y el favor de los hados. Nada parecía interponerse en su camino, y todo parecía confirmar que no sólo era el campeón por el título conquistado. ¿Qué decían ahora los expertos?

En el último número del boletín del torneo, el gran maestro Kotov escribía: “En el torneo Leonid Stein produjo muchos interesantes ejemplos de soluciones combinativas en agudas luchas ante el tablero. A mí, por ejemplo, me impresionó la rapidez con que encontró una interesante combinación, sacrificio de dama incluido, en su partida contra Gligoric. Sus ataques en las partidas con Uhlmann y Keres son dignos de recordar. Stein recibió un premio especial por el mayor número de victorias, y eso siempre pone en evidencia valor y espíritu emprendedor, multiplicados por la alta maestría. Leonid Stein se ha asegurado ya un lugar entre los jugadores más fuertes del mundo. Sus recientes éxitos le han llevado hasta el pedestal del trono ajedrecístico. Después de su tercera medalla de oro en el campeonato nacional y sus victorias en Sarajevo y Moscú, muchos creen que será el gran maestro de Lvov quien compita con Petrosian por el máximo título, dentro de dos años.”

Comenta Kasparov:

“La espectacular victoria de Stein en el torneo internacional de Moscú 1967, en el que participaron todos los grandes jugadores del mundo, a excepción de Fischer, Larsen y Korchnoi, causó auténtico furor. Por entonces ya había ganado en tres ocasiones el Campeonato de la URSS (¡tres medallas de oro en cuatro años! Ningún otro jugador soviético había conseguido algo así), y este evento pasó a ser “el torneo de su vida.

Stein consideraba su partida con Keres, como una de las mejores de su carrera (Verla en este artículo comentada). ¡Una partida verdaderamente publicable!

En este mismo torneo, Stein abrió un intenso debate sobre la India de Rey con el campeón mundial Petrosian, que proseguiría un par de meses después en el Campeonato de la URSS por equipos. Estas partidas tuvieron como consecuencia la creación de un nuevo sistema fundamental para la creación de contrajuego en una de las más agudas variantes de apertura, la variante Ucraniana.

“Sus recientes éxitos'”, escribió Alexander Kotov en el verano de 1967, “han elevado a Leonid Stein hasta el pedestal del trono ajedrecístico. Muchos creen que, dentro de dos años, será el gran maestro de Lvov quien se enfrente a Tigran Petrosian”.

No era una exageración. Si por entonces Stein sólo había ganado corazones, ahora también las mentes estaban convencidas. Por resultados y estilo se había hecho acreedor a su candidatura por el máximo título mundial. Entonces, en el verano de 1967, nadie tenía dudas de que en el siguiente Interzonal Stein conseguiría una de las seis plazas para acceder a los matches de Candidatos.

En la atmósfera de expectación general ante nuevos y probables éxitos, la respiración no se hace más fácil, sino más difícil. Así sucede también cuando un escalador ha alcanzado una cumbre inaccesible, pero entonces ve ante sus ojos nuevas cimas que escalar.

Caprichos de la aritmética de torneo; primera advertencia seria:

1967-1973:

Poco después de su triunfante torneo, en el verano de 1967, Stein volvió a jugar en Moscú, en la IV Spartakiada de los Pueblos de la URSS. Por primera vez se le otorgó el primer tablero del equipo ucraniano. Geller defendía el segundo tablero.

En su nuevo papel de líder, Stein se sentía incómodo. Era necesario mantener su propio prestigio y, al mismo tiempo, liderar el equipo. Parecía cansado, incluso enfermo. Hay que decir, sin embargo, que el reconocimiento médico efectuado antes de la Spartakiada no reveló nada alarmante. Pero podía observarse claramente que no había conseguido descansar después del torneo, ni física ni psicológicamente.

En la Spartakiada jugó como si estuviera tratando de batir un récord en levantamiento de pesas: se esforzó al máximo y el equipo siguió su ejemplo. Inesperadamente, los ucranianos se encontraron luchando por el título, sobre todo tras ganar cuatro matches seguidos en la fase final, incluidas luchas contra los equipos de Moscú y Leningrado. No obstante, para lograr la victoria final tenían que vencer a la Federación de repúblicas rusas por 7-3.

Ahora, después de tantos años, parece increíble que el equipo de Ucrania se hubiese planteado seriamente aquel objetivo irreal. Los autores del libro eran entonces miembros del equipo (el Gran Maestro como jugador y el maestro como entrenador), y podemos dar fe de lo nerviosos que todos nos sentíamos aquel día. Bastaba con ganar el match por la mínima para asegurarnos la medalla de plata, lo que habría constituido la mayor hazaña del equipo ucraniano en todas sus participaciones en los campeonatos por equipos de la Unión Soviética. Pero nadie quería ni pensar en ello: pensábamos que podíamos conseguirlo todo. El talante general (o todo o nada) se le transmitió al primer tablero, quien en las últimas jornadas sólo había podido firmar tablas. Stein se arriesgó tanto contra Spassky, con blancas, como si tuviera que ganar en menos de veinte jugadas. Como consecuencia de ello, y como a menudo sucede, perdió. Él y todo el equipo tuvieron que contentarse con el viejo éxito de ocho años atrás: la medalla de bronce.

Este relativo revés, aunque frustrante para Stein, no significaba gran cosa. El Torneo Interzonal era el verdadero acontecimiento del año, y esperaba afrontarlo en la mejor de sus formas. Pero, en cualquier caso, debía tomar nota de lo que había pasado en la Spartakiada, quizá una advertencia.

Continuará…

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